Esta web utiliza cookies propias y de terceros para recopilar información que ayuda a optimizar la visita, aunque en ningún caso se utilizan para recoger información de carácter personal.

Más información

CRÓNICA EN MISCELÁNEA

Ayuntamiento de Benalauría  • ayuntamiento@benalauria.es  • 952152502

Ayuntamiento de Benalauría

Noticias


CRÓNICA EN MISCELÁNEA

Benalauría. Otoño 2023(A José, Andrés, Virgilio, Curro, Javier, Juan, José Manuel, Rafa y Diego, de “Serranía de Ronda Existe”, por tanto investigar, conocer y amar a esta tierra)

EL COBRE
Por las espaciosas colinas del Havaral el otoño va cubriendo de herrumbre las copas del castañar. Sobre las vaguadas y gollizos más abrigados, las hojas lucen desde el verde pálido a los tonos naranjas y ocres, en una escala de luz y color que el aire sacude produciendo sonidos sugerentes, casi metálicos, bajo un cielo que casi duele de tan azul. Sin embargo, en las zonas altas el frío modela ya los árboles con su oblongo esqueleto de ramas, paisaje de un bosque grisáceo y triste, a cuyos pies se amoneda un inmenso tapiz de hojas muertas, estériles y rojizas, cuya levedad mueve la brisa transportándolas por doquier, hasta que una nueva lluvia las espese e inicie la podredumbre que luego significará el recomienzo de la vida.
En el Genal Medio y Bajo, los castaños habitan en mosaicos entre el bosque de las frondosas. Su intenso verdor del estío se trueca en sugerentes fogonazos de luz así que llegue noviembre, como si fuesen las pinceladas furiosas de uno de esos artistas de las vanguardias, siempre dispuestos al color puro más que al dibujo, tal vez Van Gogh o Matisse, que hubiesen actuado con un poderoso pincel sobre los chaparrales y quejigales de las laderas. Los matices son de una belleza primitiva, elemental y sugerente, como si la naturaleza quisiera celebrar la ceremonia de su propio sueño, vistiendo un traje expresionista tejido a partir de los ocultos hilos de las lluvias, los fríos y las lunas.


EL OLIVAR
Con el precio que ha alcanzado el aceite, hete aquí que los venerables olivos serranos están saliendo de su injusto olvido. Por las veredas se escuchan de nuevo los antiguos sones del vareo y el rumor de la difícil recolección en estos barrancos de sol y bruma. Los olivares del Genal forman retazos por las vertientes a solana, dibujando espacios plateados que brillan entre las tonalidades más adustas del alcornocal o el encinar. Cerca de ellos, alguna almazara de sangre, como ocurre en Jemáez (del árabe “Xamais”, la solana), recibía los frutos, o más frecuentemente éstos eran transportados por las nobles bestias en serones o sacas a las de los pueblos, o a los molinos hidráulicos, había decenas, allá en los fondos del río. Ahora volvemos a recordar aquella frenética actividad molinera con sus ritos del pesado, los atrojes, el cargo, la maquila y la molienda, las capachas prensadas, y por fin el milagro del divino aceite. ¡Qué olores transportaba el fresco aire de aquellos días invernales, cuando el brezo ardía por calentar la caldera de cobre con el agua para el orujo, y el alpechín derramaba sus espesos y penetrantes aromas por los campos de nuestra tierra! Hoy la aceituna se lleva a Ronda y Arriate, bien para venderla mediante cooperativa, bien para el consumo familiar. Sobre la devastación que la crisis de la agricultura de montaña produjera en nuestro valle, resurgen este otoño en las laderas aquellos afanes que eran el pilar y la base de una alimentación que no entendía de modas ni tendencias, sino de la honrada despensa y la sabia cocina, que fiaban su fundamento al tesoro más preciado que nos ofreció desde siempre el padre Mediterráneo.


EL MONTE, TRAS EL FUEGO
Los pasados incendios dejaron un hálito de destrucción en nuestros horizontes a levante y al sur. La negritud sustituyó al verdor de los opulentos pinares de Sierra Bermeja, y en los límites de los cerros de las pizarras el bosque de frondosas nos mostraba los estragos de aquel terrible fuego.
En estos años, aun sin llover lo que debiera, las laderas han comenzado el rito de la resurrección: los suelos rojizos acogen ya los pequeños plantones del pinar resinero que, como sabemos, es especie pirofítica, es decir, adaptada a los incendios recurrentes, de modo que tras el fuego sabe renacer con una maravillosa y tenaz determinación. También los valiosos matorrales acompañantes, muchos de ellos endémicos y muy frágiles (“Staehelina, Armeria, Centaurea, Euphorbia, Galium…”) se ven rebrotar de las cenizas. A este respecto bien nos valdría tratar esos montes con entresacas y desbroces (una ganadería de cabras y ovejas, bien regulada, la mejor desbrozadora) para evitar la superpoblación de estos pinares y su corolario de incendios periódicos.
Sin embargo en el monte Jardón, esa maravilla de biodiversidad entre Jubrique, Júzcar y Pujerra, los suelos son abundantes en sílice, a partir de una roca a la que llamamos “gneis”. Ello supone una mayor disponibilidad para otras arboledas: un gran quejigal-alcornocal, con espesuras de castaños, helechos, brezos, madroños, escobones y jaras, donde incluso podemos hallar algunos pies del roble melojo, favorecidos por la abundancia de lluvias y nieblas. La excesiva plantación de pinos insignes que se llevó a cabo en este lugar con aterrazamientos y a costa del bosque natural, ha significado que el incendio se cebara con saña en esas plantaciones. Pero se ha obrado el prodigio: sobre los troncos y la pinocha que ardieron, cientos de plantones de alcornoque recuperan su lugar, al par que hemos podido observar el resurgir, entre otros, de las singulares atrapamoscas (“Drosophylum lusitanicum”), planta carnívora, junto al también raro brezal de “Erica australis”. Además, los alcornoques quemados presentan un alto grado de rebrote y supervivencia. Es de esperar que aquella tragedia sirva de lección, y que el bosque que siempre colonizó esta amena montaña crezca lozano lejos de especies exóticas que casi en nada favorecen o enriquecen nuestros paisajes.


Y LA NAVIDAD, COMO ANTAÑO
Como cada año. A pesar de las atroces guerras y las incertidumbres políticas y económicas que nos acechan. A pesar de las desgracias y enfermedades. Ahí llega de nuevo a nuestros pueblos y a nuestras casas, con su olor a leña, humedad en las calles, cielos grises, y verdina en las tapias. Con los mandarinos y su dulce universo de lunas, con los castaños despojados y el quejigal en trance de renuevos, y las aguas brincando por barrancas y quebradas entre sauces y chopos desnudos. Con las noches de esa lluvia que nos conforta oyéndola desde la cálida seguridad del lecho, y ese son inquietante y continuo cuando “el viento de la noche/ gira en el cielo y canta” (Pablo  Neruda).  Todo ello desde los entresijos de la memoria, que acude puntualmente como una pausa emocional así dispuesta para conducirnos hacia unos sentimientos que parecieran perdidos.
Pero no lo están. La Nochebuena nos congrega con esmeradas viandas y la paz del vino, por celebrar la venida de Cristo. A veces me pregunto cómo es posible que quiera renacer en este mundo atestado de maldad y de muerte. Pero siempre lo hace y se manifiesta en forma de una luminosa certidumbre de solidaridad y esperanza. Sonarán las campanas como antaño. El frío de la noche nos llevará a la vieja iglesia donde, como antaño, habrán dispuesto un belén de corcha con musgos y lentiscos. Cantaremos villancicos, como antaño, de borriquillas que van a Belén, de pastores con requesón, de Reyes misteriosos que se bambolean en sus camellos hacia un establo donde dicen ha renacido la luz. La luz de antaño que es también la luz de ahora, la que brillará en medio de tanta crueldad, de tanta tribulación, de tanta enfermedad, de tanto dolor, de tanta pérdida.
Queridos amigos y amigas de Benalauría. Feliz Navidad, como antaño. Feliz Navidad, como siempre.


De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez.


Fotos: Rafa Flores, Andrés Mena, J. Moyano, JA Castillo