Esta web utiliza cookies propias y de terceros para recopilar información que ayuda a optimizar la visita, aunque en ningún caso se utilizan para recoger información de carácter personal.

Más información Política de cookies

CRÓNICA DEL VERANO: "EL ESTÍO DE LAS ALBERCAS". A LA MEMORIA DE DOMINGO ÁLVAREZ CALVENTE

Ayuntamiento de Benalauría  • ayuntamiento@benalauria.es  • 952152502

Ayuntamiento de Benalauría

Noticias


CRÓNICA DEL VERANO: "EL ESTÍO DE LAS ALBERCAS". A LA MEMORIA DE DOMINGO ÁLVAREZ CALVENTE

“Los campesinos andalusíes veían en el jardín (yanna) la imagen perfecta del paraíso…” (Miquel Barceló. “El agua que no duerme”)

Domingo, que en su juventud era, como su abuelo de idéntico nombre, campesino y hortelano, bajaba cada tarde, cuando el sol trasponía las lomas del Higuerón, por la veredita que llegaba hasta la alberca grande, allá abajo, en la finca de “El Charco”. El espacio era bello y acogedor, bajo la sombra siempre en brisas del gran alcornocal-quejigal que se extendía hacia el norte, y la ladera que, mirando al sureste, era solar de un viejo olivar y un nutrido naranjal en secano. Las casas, hechas en piedra y barro, enjalbegadas sin faltar un año con cal, y rematadas en teja árabe, componían un pequeño y armonioso conjunto en el que destacaba la vivienda, con piso rasante al nivel de la ladera, que se distribuía en cocina, “casa” y tres dormitorios. Bajo ella, en semisótano, sobrevivían cuadra y lagar, resto inequívoco de que no tanto tiempo atrás aquella vertiente debió estar ocupada por un viñedo. Un pequeño almacén y una cocina-horno externa, en un patio alargado con balate al que daba sombra una gran parra, completaban las dependencias de aquella explotación, a unos doscientos metros del río, que en un recodo generaba durante el estiaje un gran charco, de ahí el nombre de la propiedad, y más abajo una azuda que proporcionaba el agua a los cubos de los molinos de Pedro Álvarez y José Almenta. Una fuente, casi oculta bajo la chopera y sauceda de aquel tramo, proporcionaba agua dulce y fresca durante todo el año.
Domingo era un joven de alma inquieta, que tras un intento de formación fuera de su pueblo, hubo de volver a su tierra para retomar la labor junto a su gente. En esos años, y antes de salir definitivamente en busca de otros horizontes, ese afán siempre se adornó de una admirable y repetida tendencia a la manifestación artística, hecho constante en su vida, que proyectó con sabia delicadeza hacia su oficio nunca abandonado de campesino. Y halló su mejor refugio en el riego, en su pequeño mundo de albercas, hasta tres llegó a gobernar, acequias y tablares.
En mi libro “Tres viajes románticos por la Serranía de Ronda” (2008), el apartado dedicado a nuestra tierra se subtitula como “Las cuatro estaciones del Genal”, y en el correspondiente al verano describo a esta porción del Valle como “El estío de las albercas”, que es precisamente el encabezamiento de esta crónica. Y no es una casualidad, por cuanto los riegos de ladera, a expensas de alberca y bancales, fueron y aún son constantes a lo largo de nuestra geografía más próxima, ya sea a solana, muy frecuentes por la mayor insolación para el huerto, como a umbría, y siempre con similar disposición: por lo general, alberca propiedad de la explotación, acequias, quebraderos y tablas con los cultivos, cítricos sobre todo, aunque la tendencia era colocar las más especies posibles para conseguir el autoabastecimiento cada año: ciruelos de varios tipos, granados, caquis, membrillos, japones o nísperos, albaricoques, nogales y melocotoneros jalonaban los caminos del agua, sobre lomos o taludes. Una parte, la más soleada, era dedicada a las “erillas” del huerto. La tierra ahí era mimada, casi cernida (Antonio Rufina) y estercolada para colocar la sementera proveniente de la almáciga. Otras veces, la alberca era comunal, y entonces se establecían turnos y tandas de riego entre las explotaciones que tenían derecho al agua, e igual se procedía si las aguas provenían de un arroyo o gran manantial, como los que propician los amplios espacios irrigados del Alto Genal, cuyos ejemplos más hermosos los podéis hallar en las “Chorreras” de Balastar (Faraján), los “Huertos” de las Alfaguaras, en Alpandeire, y en la parte alta del Riachuelo de Júzcar , aquí con la “Acequia Larga”, que baja hasta el mismo río. En el Valle Medio no tenemos corrientes de esa envergadura, que sí volvemos a encontrar en el Estercal de Jubrique, o en nuestras vertientes del Guadiaro. No insistiré con nuevos ejemplos que ya se describieron en la crónica que realicé sobre los balates, o paredes de piedra seca para sostener tablares de riego y secano, o caminos y viarios: os recuerdo que esta maravillosa y sostenible actuación del hombre ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad, por la UNESCO.
Domingo era digno heredero de esa cultura, que él acrecentaba con su habitual delicadeza. Sus albercas cubrían los pretiles con multitud de macetas y flores. Aparecían encaladas e impolutas, y el agua, a partir de la teja, llenaba de transparencia aquella concavidad de esencia pura y refrescante. Era tan minucioso que empedraba los quebraderos, o paso de bancal a bancal, para evitar que la fuerza del agua produjera surcos o cárcavas. Yo, que siendo un niño solía vivir en verano algunos días en “El Charco”, lo acompañaba de la mano cada tarde, y con una mínima azada, casi de juguete, y con su magisterio, me introducía con él en la sagrada ceremonia del riego, de la comunión del agua y la tierra, del prodigioso aroma de los bancales saciados bajo el fulgor del día, del frescor bajo los frutales, de la feliz recogida de las hortalizas cuando la planta, alimentada de agua, de sol y de lunas, y cuidada con mimo, devuelve al campesino su dádiva a cambio tantos afanes y trabajos.
¿Cómo olvidar aquellas tardes tan felices, aquella hospitalidad y aquellos sabios consejos? Por todos esos días de mi infancia, que fue también la vuestra en espacios similares, ese “Estío de las albercas” de mi libro, y mi agradecimiento a los que aún continuáis haciendo paisaje (Antonio Tintín, Ramón, los hermanos Domingo y Antonio, Rufina, Juan, Salvador, Jaime, Rafalín y su hijo, Antonio Andrés, José Antonio el Chico, Cristóbal Berbén… y tantos otros que aquí no caben): sabed que sois herederos de una cultura milenaria y depositarios de un patrimonio imperecedero. Y a partir de vosotros y de los que os precedieron, mi recuerdo imborrable, el más hermoso que me acompaña de la tierra que me vio nacer, tan cerca del pequeño paraíso que constituyen cada una de esas castas y fértiles albercas del estío.

De vuestro cronista, José Antonio Castillo Rodríguez
Benalauría, julio de 2023

Fotografías: chorro de una alberca, y finca de "El Charco", con fondo del cerro del Higuerón